Esa tarde en que Sanely se suicidó en su cuello había dos cosas: la marca ensangrentada de la cuerda y el escapulario que apenas unos días antes yo le había regalado.
Días antes la división entre la posibilidad de suicidio de Sanely y la tranquilidad con la que yo le había regalado el escapulario era gigantesca. El escapulario más que un obsequio era un símbolo, era la muestra de que le tenía esperanza y que de esa misma forma yo quería que siguiera, que no se rindiera, que a mis ojos aún era humana. Fue inútil.
Días antes el café sabía un poco amargo. El espresso debió haber salido quemado o la molienda era demasiado fina y muy compacta.
—¿A ti cómo te gusta el café? — le dije a Sanely, pero la pregunta era retórica. Yo ya sabía que no le gustaba con azúcar, que lo dulce le molestaba, que la falsa sensación de ternura que da le desagradaba, yo sabía que le gustaba lo amargo, que prefería el café de olla, la moka italiana o un cold brew bien hecho con prensa francesa. Lo sabía porque la quería.
—Creo que este está bien — contestó con la indiferencia en el tono de su voz, con la mirada puesta en la crema del latte que daba la idea de que quizá estuviera leyendo algo ahí.
Yo de verdad quisiera saber qué es lo que pensaba en ese momento. Pero el problema no era que ella no hablara. El problema era que yo escuchaba mal. Porque Sanely hablaba todo el tiempo. Solo que no con palabras.
Hablaba con la forma en que dejaba la taza a medio centímetro del borde de la mesa, como si estuviera ensayando una caída. Hablaba con el modo en que se tocaba el cuello cuando nadie la veía, como midiendo algo. Hablaba con los moretones que aparecían en sus brazos y que ella atribuía a puertas, a esquinas, a esa torpeza suya que nunca me creí del todo.
Yo la observaba. Creyendo que mirar era lo mismo que entender. Y ella me dejaba mirar, a veces me devolvía la mirada y yo sentía que por fin iba a entrar, que iba a cruzar ese vidrio. Pero no. Me dejaba acariciarle el pelo, prepararle café, regalarle un escapulario. Me dejaba quererla. Y mientras tanto, en silencio, iba midiendo la soga.
A ti no te caga cuando los platos bailan?
Cuando la encontraron, tenía las uñas rotas. Marcas en el cuello que no eran solo de la cuerda. Eran arañazos. Como si en el último segundo hubiera intentado agarrarse de algo. Como si se hubiera arrepentido. Pero ya no había silla. Solo el vacío y el peso de su cuerpo y esa decisión que deja de ser decisión en cuanto los pies dejan de tocar algo firme.
Y aún así, en medio de ese espanto, no rompió el escapulario. El hilo marrón seguía ahí, intacto, aplastado contra la marca roja de la soga. La estampita seguía pegada a su piel como una oblea.
Quizá se preocupó por no romperlo. Quizá en el último pensamiento que tuvo antes de que el mundo se apretara alrededor de su garganta estaba yo, y mis manos, y la tarde pendeja en que le dije "esto es para que estés bien". O quizá le dio tan igual que no pensó en quitárselo. Que el escapulario era tan liviano, tan pequeño, que ni siquiera entró en la ecuación de su muerte. Porque para guardar el dolor que ella cargaba no bastaba un escapulario y una oración. Necesitaba algo del tamaño de una cuerda. Y del peso de su propio cuerpo.
Esa última tarde en el café, yo estaba frente a ella y no vi nada. Vi la crema del latte. Vi la luz en sus pestañas. Vi la manera en que sus dedos rodeaban la taza sin calentarse. Pero no vi cómo sus ojos recorrían la habitación midiendo distancias, cómo su mano izquierda no paraba de frotar el escapulario contra su clavícula como si quisiera gastarlo, borrarlo.
—¿Estás bien? — le pregunté.
Y ella me miró. Por un segundo me pareció que iba a decir algo importante, algo que por fin iba a romper la distancia entre lo que yo quería entender y lo que ella callaba.
—Estoy bien — dijo.
Y sonrió. Y yo le creí. Porque eso es lo que haces cuando quieres a alguien: le crees. Aunque su sonrisa no le llegue a los ojos. Aunque su voz suene como una grabación. Aunque su mano no deje de tocarse el cuello como si ya estuviera sintiendo la soga.
Le crees porque la alternativa es demasiado grande. La alternativa es mirar de frente que la persona que quieres ya está eligiendo morirse mientras tú le pides que pruebe otro café.
Después del velorio, su madre me dio una bolsa con sus cosas. La ropa que tenía puesta. El celular. El escapulario. El escapulario estaba manchado de sangre y de grasa de piel, de días enteros colgando de su cuello mientras ella fingía estar bien. Lo sostuve en la palma de mi mano y pesaba menos que nada.
Pesaba menos que una taza de café vacía. Pesaba menos que el aire que ella ya no respiraba.
No importa cuánto la observara. No importa que supiera cómo tomaba el café, que supiera que odiaba el azúcar, que supiera que se mordía el labio cuando algo le dolía. No iba a entenderla. Porque hay un lugar al que no se entra mirando. Hay un cuarto cerrado en el que la persona que quieres se encierra sola, y por más que pegues la oreja a la puerta, por más que aprendas cada uno de sus gestos, nunca vas a saber qué dijo antes de atar el nudo.
Nunca vas a saber si pensó en ti. Nunca vas a saber si el escapulario fue un consuelo o una burla. Nunca vas a saber por qué se subió a esa silla.
Solo te queda el café quemado, la silla vacía, y la marca que ella dejó en el mundo: dos cosas. Una cuerda y un escapulario. El peso de su cuerpo y la liviandad de tu amor inútil.
Afuera del café está lloviznando. La misma llovizna de aquella tarde. Pido la cuenta y el mesero me dice "cuídese". Camino a mi casa y me doy cuenta de que no sé cómo se hace eso. Cuidarse. Sanely tampoco sabía. Por eso se fue.
Por eso yo sigo aquí, tomando café quemado, esperando entender algo que nunca voy a entender. Esperando que en alguna mesa del fondo aparezca ella con su indiferencia y su latte tibio y me diga, por fin, qué es lo que piensa.
Pero no va a pasar.
Ya no.